El Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo-Cuba estimula continuamente la participación directa y equilibrada de personas de ambos sexos en los programas que desarrolla, tanto en la planificación, ejecución, seguimiento y evaluación de los proyectos, como en el acceso y control sobre los recursos económicos y en la toma de decisiones. Realiza procesos formativos para impulsar el fortalecimiento institucional en cuestiones de género y su conveniente transversalización en todas las actividades que se ejecutan a través de sus diferentes áreas de acción.
La Institución trabaja en pro de la equidad de género, respetando las características específicas de cada persona y sosteniendo que la diversidad no puede implicar discriminación de ninguna índole.
El CCRD-C reconoce la conveniencia y necesidad de contar con una política de género que constituya un punto de partida común para focalizar la atención en todos sus aspectos, tanto al interior de la organización como en su quehacer con los beneficiarios. Incluir la perspectiva de género significa el esfuerzo específico de hombres y mujeres de nuestra institución por impulsar el ejercicio pleno de los derechos concretos de mujeres y hombres, en un marco de complementariedad bilateral.
Estamos conscientes de que pertenecemos a un país y a una cultura históricamente patriarcal, en la cual, durante siglos, el rol de la mujer siempre ha estado relegado a planos secundarios, a pesar de las leyes y disposiciones que el Estado ha puesto en vigor con miras a promover la igualdad entre hombres y mujeres. Por ello, el enfoque de género se ha dirigido hacia la participación y el empoderamiento de la mujer en la vida social y laboral, fundamentalmente.
Los beneficiarios, para quienes trabajamos, no son ajenos a esas realidades por lo cual los grupos seleccionados, preponderantemente, pertenecen al sector femenino, conscientes de la necesidad de aplicar un tratamiento diferencial de grupos para ir finalizando con la desigualdad y fomentando la autonomía de las personas, sin distinción de géneros, a la vez que promovemos la sensibilidad masculina ante los cambios en cuestiones de género por cuanto se trata de una categoría relacional.
Reconocemos la superación de la subordinación de género como una exigencia de derechos, lo que implica la focalización de acciones dirigidas a la satisfacción de las necesidades prácticas y estratégicas de las mujeres, por lo cual promovemos los cambios en las situaciones y posiciones hegemónicas de género y los entendemos como requisitos para el ejercicio pleno de los derechos de mujeres y hombres.
El CCRD-C trabaja en la concientización de hombres y mujeres por medio de talleres, cursos, adiestramientos, publicaciones variadas y acciones comunitarias de diversa índole; que pretendan una relación de equivalencia entre las personas, partiendo de que todas tienen el mismo valor, independientemente de su sexo, es decir, procurando una real y efectiva equidad de género.
Asimismo, reconocemos la necesidad de sostener, como tareas permanentes, las acciones relativas al fortalecimiento institucional con el equipo de trabajo del Centro en la temática de género, de manera que se profundicen los conocimientos, destrezas y prácticas que favorezcan los enfoques con sensibilidad de género.

DISPOSICIONES GENERALES DEL CCRD-C SOBRE GÉNERO
– Todos los documentos elaborados por la Institución deberán caracterizarse por estar redactados con un lenguaje incluyente, es decir, que se evitará el uso de palabras genéricas, especificando, con los términos que correspondan en cada caso, a mujeres y hombres.
– Las informaciones contemplarán de manera desagregada la participación o presencia de ambos géneros.
– La mayoría de los puestos de trabajo serán accesibles a mujeres y hombres, solo definirán en su consecución, la aptitud y la capacidad.
– Todos los Proyectos contendrán por lo menos un objetivo que contemple la perspectiva de género.
– Tanto los Programas como los Proyectos de la Institución garantizarán el establecimiento de igualdad de oportunidades para hombres y mujeres.
– Los indicadores deberán siempre elaborarse con enfoque de género y se convertirán en mandatos de cada acción.
– Los documentos y publicaciones no deberán reproducir estereotipos con imágenes de mujeres en funciones domésticas u otras tareas que evidencien subordinación de género.
– La institución aboga por un balance equilibrado entre la vida personal y laboral de sus trabajadores y trabajadoras, por lo cual evitará ocuparles su tiempo libre.
– El personal de trabajo no podrá ser objeto de acoso sexual o abuso de poder por parte de ninguna otra persona de la institución y si lamentablemente sucediere, el comisor será castigado con severas sanciones. Tampoco se admitirán bromas o chistes sexistas, ni expresiones de inseguridad y desvalorización ante las mujeres que ejercen cargos de dirección.
– La infraestructura de la organización garantiza que todas las puertas de las oficinas tengan visibilidad y transparencia del personal que permanece dentro de las mismas.
– Los presupuestos garantizarán recursos suficientes para desarrollar actividades con perspectiva de género.
– Todos los procedimientos y herramientas sistémicos de la institución (diagnósticos, informaciones, planificación, seguimientos, etc.) tendrán integrado el enfoque de género.
– Tanto la asesoría técnica como la capacitación serán derechos equitativos garantizados a trabajadoras y trabajadores de la Institución.
– Los talleres y eventos teóricos específicamente dirigidos al tema de género procurarán un equilibrio en tratamiento, recursos y participantes entre femineidades y masculinidades.
– Se mantendrá como una tarea permanente la capacitación y/o actualización institucional en relación con la perspectiva de género.
Estrategia o plan de acción para garantizar el cumplimiento de la Política de Género del CCRD-C
– En los Consejos de Coordinación y en las sesiones de la Junta Directiva se pasará revista a todos los aspectos contemplados en la Política de Género de la Institución adoptándose las medidas correctivas en los casos necesarios.
– Los Coordinadores de Programas, Proyectos y Departamentos velarán porque en sus áreas, actividades y personal subordinado se cumplan y respeten las normativas que regulan el enfoque de género trazado por la Institución.
– Mujeres y hombres seleccionados de los grupos meta participarán en los procesos de planeación estratégica de los Programas y Proyectos seleccionados por la institución, incluyendo la definición de los indicadores de género que serán objeto de revisión durante y al final de cada una de las acciones y actividades.
– Cada Programa y Proyecto contará con un sistema de monitoreo, en el que también tomarán parte hombres y mujeres de la población meta y en los cuales se medirán los resultados cualitativos y cuantitativos en cuanto a la equidad de género.
– Se realizarán intercambios de opiniones con el equipo de trabajo de la institución y representantes de los grupos meta, para examinar los instrumentos apropiados que garanticen el enfoque de género en todas las tareas del Centro.

Marco metodológico
Desde el punto de vista estratégico, el CCRD-C contiene tres dimensiones en la aplicación del enfoque de género a nivel institucional:
– Capacitación.
– Prácticas y relaciones humanas.
– Evaluación y monitoreo.
El concepto de beneficiarios de los proyectos se extiende a todas las personas involucradas en la capacitación, desde los comunitarios hasta los trabajadores y coordinadores de la institución, que de acuerdo a las características del proyecto reciben la formación sobre materias puntuales o transversalizadas con enfoque de género. La evaluación y monitoreo se realiza a través de instrumentos y técnicas adecuadas. Las prácticas y relaciones humanas justas y equitativas es política que deviene desde la misión, los objetivos y las disposiciones generales del Centro promovidas especialmente por su dirección.
El CCRD-C, de acuerdo a su Política de Género, se plantea la implementación a nivel metodológico de indicadores de trabajo para la aplicación de este enfoque, mostrando la ruta a seguir para medir el trabajo dentro de la organización, el diseño y ejecución de los proyectos.
Estos indicadores tienen en cuenta las condiciones y posiciones de mujeres y hombres en los diferentes contextos. Implican también la transformación paulatina de las realidades que afectan los derechos del ser humano en general y de grupos poblacionales discriminados por su posición de género en particular.
Los indicadores quedan agrupados metodológicamente en las siguientes Unidades de Análisis:
1. Estructura y funcionalidad institucional/organizacional
• Misión y objetivos
• Lenguaje no sexista – incluyente
• Participación equitativa en cargos de dirección
• Promoción equitativa de liderazgo
• Maternidad y paternidad
• Diálogo de apertura y reconocimiento de las nuevas masculinidades
• Empoderamiento
• Presupuesto
• Género y carga laboral
• Género y funciones
• Prácticas cotidianas y equidad
2. Proyectos de la organización.
• Situación de la Línea de Base
• Lógica de la intervención
• Elaboración del presupuesto
• Sensibilización y capacitación
• Acciones de evaluación y monitoreo

3. Resultados en los grupos destinatarios de las acciones.
• Información
• Empoderamiento
• Capacidades
• Autonomía
• Flexibilidad y equidad de roles productivos
• Flexibilidad de roles domésticos
• Participación de las mujeres
Instrumentos de evaluación
A nivel de los beneficiarios
• Entrevistas
• Encuestas
• Observación
• Historia del cambio más significativo
A nivel de los proyectos
• Lista de chequeo de los proyectos

MANUAL DE GÉNERO
Introducción
Ser hombre o ser mujer define irremediablemente la actitud que asumimos ante la vida y determina el conocimiento sobre nuestra condición humana.
Las maneras de ser y actuar en la cotidianeidad están marcadas por el hecho de sentirnos masculinos o femeninos. El género forma parte de la realidad subjetiva social e individual, y se expresa en los modos de vestir, hablar, comportarse; condiciona los deseos, las expectativas, las normas, valores, juicios e influye en las relaciones de pareja, familiares, laborales y sociales.
El concepto gender (del inglés) fue utilizado por primera vez en la obra de John Money, psicólogo de Nueva Zelandia (1951), a partir de manifestaciones en algunos de sus estudios con pacientes que experimentaban malestares con su cuerpo, una especie de cárcel en un cuerpo ajeno. El contenido del concepto pretende definir los límites de la información genética, cromosómica y biológica de las aprehensiones culturales en la conformación de las subjetividades masculinas y femeninas.
El surgimiento del concepto de Género se atribuye en esencia al movimiento feminista. Su evolución ha sido el resultado de una historia que comenzó con el feminismo como movimiento político y teoría científica explicativa de la realidad de las mujeres. Primero fueron los estudios de la mujer en la década de los 70 del siglo pasado, estudiando fundamentalmente su presencia en las ciencias sociales como objeto y sujeto de saberes.
Ya para la década de los 80 surgen los estudios de mujeres por parte de un grupo de intelectuales negras, que tomaron conciencia de la pluralidad de expresiones de la femineidad en dependencia de la raza, la etnia, el lenguaje, las tradiciones culturales, la religión, la zona geográfica, ideología, posición social, como condiciones de identidad que definen el significado de ser mujer. Muchas de las premisas de estos primeros estudios estaban en buscar las causas de la opresión de la mujer y las desigualdades manifiestas entre hombres y mujeres, el sufragismo o derecho al voto por parte de la mujer y su incorporación a todos los ámbitos como sujeto pensante y actuante.
Una avalancha de producciones literarias y científicas determinó la definición de género y el cuerpo teórico que la sustenta. Desde las Ciencias Sociales se reconoce en primer lugar a la Antropología, luego, la Psicología y a la Filosofía como las disciplinas con mayores aportes.
Hitos más importantes para la definición de género
– En la década del 30 del siglo pasado, Margaret Mead, antropóloga norteamericana, demostró en estudios con varias sociedades que no había homogeneidad en la organización social. En todas las sociedades existen criterios estratificadores de funciones, roles para hombres y mujeres. Además de que no todas reproducían el orden patriarcal, lo que sí, teniendo en cuenta sus particularidades, eran generadoras de diferencias entre hombres y mujeres.
– En 1946, Simone de Beauvoir, en su libro El segundo sexo, sistematiza la idea de que nada dice de un determinismo biológico en los seres humanos; somos herederos directos de una cultura y una historia. La frase emblemática “una no nace, se hace mujer”, da muestra de esta conclusión.
– En 1975 el trabajo de Gayle Rubin “El tráfico de mujeres. Notas sobre ´la economía política´ del sexo”, realizó un análisis de las causas de la opresión de las mujeres en las sociedades patriarcales, retomando algunos sistemas teóricos como el psicoanálisis y el marxismo.
¿Son naturales las diferencias entre hombres y mujeres?
¿Las anatomías distintas son las responsables de las desigualdades entre lo femenino y lo masculino?
La primera marca clasificadora de los seres humanos y la cultura es el sexo. Todo tiene una marca de sexo (macho y hembra).
Al momento de nacer, incluso antes, arranca toda la maquinaria “lógica” del género, en función de la apariencia externa de los genitales se atribuyen símbolos, significados, deseos, colores, expectativas diferenciadas para niñas y para niños. Desde el nacimiento y tomando como referencia el dato biológico, niñas y niños son educados en mundos diferentes de colores, fantasías, juegos, mensajes que ordenan su estructura psíquica y modelan rasgos de personalidad. En la niñez, la mujer y el hombre se ven influenciados por patrones educativos que forman parte de la vida cotidiana, como por ejemplo “el hombres es fuerte, la mujer es débil”, “el hombre es superior a la mujer”. Muchos de estos conocimientos generalizados son transmitidos acríticamente por la familia, la escuela, los medios de comunicación y la sociedad en general.
Esta diferenciación de género se evidencia en la distribución desigual del trabajo, en la orientación vocacional, el cumplimiento del rol maternal y paternal, entre otros.
Lo femenino ha sido desvalorizado y oprimido a través de la historia. Por otra parte, se han sobrevalorado las aptitudes y características consideradas masculinas, otorgándole al hombre un lugar de privilegios en casi todos los espacios sociales. Por lo tanto, las mujeres han sido las mayores víctimas de la sociedad patriarcal. Pero también los hombres han sufrido las consecuencias al sentirse presionados por su “virilidad” a desempeñar un rol, que solo los ha conducido a perder gran parte de su potencial humano.

MARCO CONCEPTUAL
Una primera diferenciación es la de los conceptos sexo y género:
Sexo: Conjunto de características físicas, biológicas, anatómicas y fisiológicas de los seres humanos, que los definen como machos y hembras. Se reconoce a partir de datos corporales genitales. El sexo es una condición natural con la que se nace.
Son cinco las áreas fisiológicas de las cuales depende lo que, en términos generales y muy simples, se ha dado en llamar el «sexo biológico» de una persona: genes, hormonas, gónadas, órganos reproductivos internos y órganos reproductivos externos (genitales).
Género: Elemento constitutivo de las relaciones sociales, basadas en las diferencias que distinguen los sexos.
Es también:
– Forma primaria de relaciones de poder.
– Determinaciones y características económicas, sociales, jurídicas, políticas, sociológicas y culturales, que crean lo que para cada época, sociedad y cultura son los contenidos específicos de ser mujer o ser hombre.
– Es una categoría relacional que busca explicar la construcción de las diferencias entre los seres humanos femeninos y masculinos.
– Conjunto de normas que expresan las relaciones entre hombres y mujeres y las relaciones hombres-hombres y mujeres-mujeres.
Las relaciones de género hablan también de las relaciones hombre-hombre y mujer-mujer.
Otros conceptos son:
Sexualidad: Dimensión de la personalidad que se construye y se expresa desde el nacimiento y a lo largo de toda la vida, a través del conjunto de representaciones, conceptos, pensamientos, emociones, necesidades, actitudes y comportamientos, que conforman el hecho de ser psicológica y físicamente sexual masculino o femenino.
Patriarcado: Orden social genérico basado en un modo de dominación cuyo paradigma es el hombre. Este orden asegura la supremacía de los hombres y lo masculino sobre la inferiorización previa de las mujeres y lo femenino.
Cultura patriarcal: Conjunto de mecanismos históricamente enraizados que ubican a la mujer en una posición general de subordinación y al hombre como paradigma universal de todas las producciones culturales, que lo ubican en una posición dominante y de poder.
Estereotipos de género: Simplificaciones, ideas preestablecidas que socialmente se gestan y generalizan adscribiéndose a las personas por el mero hecho de pertenecer a uno u otro sexo.
Relaciones de género: Las relaciones de género son relaciones de poder que implican el dominio de unos y la subordinación de otras. Tal relación está sostenida por un sistema social y cultural patriarcal que la justifica y reproduce a través de la asignación de características, roles y atribuciones a cada uno de los géneros, y que se expresa en la posibilidad diferenciada de control y acceso a recursos, espacios, información, conocimientos, etc.
Roles de género: Tareas y actividades que una cultura asigna a los sexos. Es la expresión en la conducta de identidad de género, que expresa los modelos establecidos por la sociedad sobre lo masculino y lo femenino.
Identidad de género: Sentimiento y conciencia de ser femenino, masculino o ambivalente. Son las formas específicas de ser, pensar y sentir, asumidas por los individuos desde las asignaciones sociales que los identifican como mujeres u hombres.
Femineidad: Es la distinción cultural históricamente determinada que caracteriza a la mujer. Conjunto de atributos, valores, funciones y conductas que distinguen a la mujer en un contexto histórico cultural.
Masculinidad: Conjunto de características, atributos, valores, funciones y conductas esenciales que distinguen al hombre en un contexto histórico cultural determinado.
Socialización de género: Proceso educativo mediante el cual se asignan comportamientos, normas, conductas, lenguajes, valores y otros, que van formando características diferentes para hombres y mujeres en ámbitos institucionales y sociales como la familia, la escuela, la comunidad y los medios de difusión.
Sexismo: Toda práctica social que implica la desvalorización de lo “femenino”, así como el ejercicio de la dominación o sometimiento, de forma consciente o velada, hacia los cuerpos que representan lo femenino. La misoginia (aversión hacia rasgos considerados culturalmente como femeninos y por extensión hacia las mujeres), el machismo y la homofobia son expresiones del sexismo.
Violencia de género: El ejercicio de la violencia que refleja las asimetrías existentes en las relaciones de poder entre mujeres y hombres, que perpetúa la subordinación y desvalorización de lo femenino frente a lo masculino. Responde al patriarcado como sistema simbólico que determina un conjunto de prácticas cotidianas que niegan o subvaloran los derechos de las mujeres y reproduce el desequilibrio y la inequidad entre los sexos.
Estratificación de género: Distribución desigual de recompensa (recursos socialmente valorados como: poder, prestigio, libertad personal y otros) entre hombres y mujeres, reflejando posiciones diferentes en la escala social.
Brechas de género: Son las diferencias que existen entre hombres y mujeres en cuanto a oportunidades, acceso, control y uso de los recursos que les permiten garantizar su bienestar y desarrollo humano. Son construidas sobre las diferencias biológicas y son el producto histórico de actitudes y prácticas discriminatorias tanto a nivel individual, institucional o social, que obstaculiza el disfrute y ejercicio equitativo de los derechos ciudadanos por parte de hombres y mujeres.
Equidad de género: Igualdad de oportunidad sobre la base de necesidades diferentes. Trato imparcial a mujeres y hombres en relación con derechos, beneficios, obligaciones y posibilidades. Presupone brindar los mismos derechos, condiciones, tratos y oportunidades para acceder y controlar recursos valiosos desde el punto de vista social.
Cultura de equidad: Ampliación del concepto de cultura democrática, que incorpora a la misma las nociones de justicia social, no-discriminación y no-subordinación como ejes de construcción de un nuevo modelo de sociedad.
Perspectiva de género: Forma de abordaje de la realidad que permite visibilizar las diferencias, de situación, posición, oportunidades y trato entre hombres y mujeres, que las sociedades construyen históricamente a partir de la pertenencia a un sexo específico.
Empoderamiento: Fortalecimiento de la capacidad y la posibilidad de influir en las decisiones relacionadas con el propio desarrollo personal, comunitario y social. Incluye la participación en las instancias y dinámicas sociales relacionadas con tal desarrollo. El empoderamiento no busca ejercer un poder de dominación sobre otras personas, sino generar un impacto favorable para sí mismo(a) en el horizonte de una plena vigencia de los derechos.
Los movimientos feministas y los saberes acumulados asociados a las relaciones entre hombres y mujeres han implicado un cambio esencialmente en la situación de las mujeres, pero también han provocado un despertar en las visiones masculinas sobre su propia identidad. Muestra de ello son los estudios de academia sobre masculinidades que han surgido a partir de la década del 90 y que aportan posiciones reflexivas que abren otras perspectivas de análisis a la teoría de género.
Estudiar las masculinidades es más que describir los comportamientos, relaciones, características típicas, roles asumidos y asignados por los hombres, implica explorar los significados que socialmente se toman como masculinos y su relación con el espacio simbólico femenino. La masculinidad solo existe en contraste con la femineidad.

SOCIALIZACIÓN DE GÉNERO
¿Cómo aprendemos a ser hombres y mujeres?
La socialización en género es expresada a través de algunas dimensiones que incluyen los aspectos culturales mediante los cuales se representan las diferencias sexuales.
• El lenguaje es el primer elemento a considerar, pues es portador en gran medida de lo acumulado en la sociedad y empleado como vía de transmisión de las concepciones del género en nuestra cotidianeidad. ¿Cuánto de estereotipado y sexista se emplea para referirse a niños y niñas, a hombres y mujeres? Existen en el uso de la lengua recursos lingüísticos y significados que mantienen la dominación masculina y ocultan la participación de la mujer en la sociedad, imponiéndole una imagen estereotipada. Algunos términos en su forma femenina tienen connotaciones negativas no presentes en la masculina. Ejemplo: mujer pública respecto a hombre público.
• El espacio es una de las dimensiones vitales en la adquisición de referencias vinculadas a la división sexual del trabajo. La socialización de género tradicional prepara a la mujer para el desempeño del hogar. Las niñas tienen juegos relacionados con el mundo privado, se les regala muñecas, escobas, juegos de cocina, perpetuándolas desde la cuna al trabajo doméstico; mientras que al varón se le compran pistolas, bates, pelotas, estimulándosele a protagonizar el llamado mundo público.
• En el manejo de las emociones está otra dimensión esencial de la transmisión del modelo de socialización en género. Los mensajes educativos van encaminados, en el caso de las niñas, a expresar los sentimientos. No se le reprime el llanto, ni se les aconsejan reacciones violentas. Por el contrario, al varón se le incita a la agresividad relacionada con un valor mal llamado hombría, “los hombres no deben llorar”, deben ser fuertes y viriles, preparándolos para reprimir sus emociones.
Las características de lo masculino y lo femenino son asignadas históricamente a mujeres y hombres y tienen su origen en la sociedad.
La pregunta que siempre debe ser formulada desde el enfoque de género es: ¿qué prácticas de la socialización de los géneros contribuyen a la justicia entre los mismos y a la equidad entre estos? La problemática no está en la diferencia, sino en la justica de determinadas prácticas y roles asignados tradicionalmente.
Agentes socializadores que reproducen el sistema patriarcal y la inequidad entre los géneros
Familia: Constituye la familia el primer sistema de relaciones que aprende el ser humano. En ella se dan los primeros pasos para la formación de los hombres y mujeres del mañana. En su seno se pueden legitimar y reproducir los valores y pautas de conductas que generan desigualdad e inequidad; o se generan creencias, sentimientos y comportamientos justos y equitativos para hombres y mujeres.
Pautas sexistas en la familia
– Selección de nombres, accesorios, ropas, colores según el sexo.
– Distribución de los espacios físicos donde jugar según el sexo.
– Juguetes y juegos diferenciados por sexo.
– Expresiones de afecto y apoyo emocional según el sexo.
– Control de la conducta diferenciada para los hijos de ambos sexos.
– Distribución de tareas y responsabilidades según el sexo.
– Comunicación verbal y no verbal diferenciada para hijas e hijos, en cuanto a la forma y las funciones comunicativas predominantes.
– Expectativas diferentes de padres/madres respecto a los hijos y las hijas.
Escuela: La escuela refuerza las definiciones de masculinidad y femineidad a través de:
– La visión y las expectativas del profesorado sobre el comportamiento del alumnado.
– La interacción y la organización de las actividades en el aula y fuera de ella.
Pautas sexistas en la escuela
– La tendencia a juntarse por sexos en los agrupamientos libres.
– La reproducción de los roles sexuales a través del juego.
– La demanda de actividades y espacios diferentes.
– El uso de expresiones estereotipadas para considerar lo femenino y lo masculino. Por ejemplo: “las niñas son de la casa”, “los niños no lloran”, “a golpes se hacen los hombres”.
– La comunicación profesorado-alumnado diferenciada según el sexo y no según las potencialidades individuales.
– Control y manejo de la conducta de manera diferenciada para alumnas y alumnos.
– Desarrollo de intereses cognoscitivos y vocacionales según el modelo sexista estereotipado.
Actitudes no sexistas
– Ser conscientes de que vivimos en una sociedad con desigualdades de género.
– Apreciar los valores femeninos.
– Reaccionar ante cualquier discriminación por razón de sexo.
– Ser críticos ante los roles tradicionales de mujeres y hombres.
– Valorar positivamente la progresiva implicación de la mujer en la sociedad.
– Generar actitudes de rechazo y denuncia hacia violencia contra la mujer.
– Promover relaciones de género equitativas basadas en la tolerancia y el respeto a la individualidad.
– Afectividad y apoyo emocional similar para niños y niñas.
– Distribución de tareas y responsabilidades equitativas para ambos géneros.
– Homogenización de los estilos de comunicación para niñas y niños.
Una forma no sexista de comunicación promueve la igualdad, es decir, a partir de las transformaciones sociales como consecuencia de las políticas de reivindicación de los derechos ciudadanos de la mujer, ha surgido un proceso de cambios en las actitudes, roles, posiciones de los hombres en la sociedad. La emergencia de una masculinidad más liberadora constituye un logro del proyecto social hacia la equidad de género.
Hoy conviven muchas maneras de ser hombres, con una mayor frecuencia observamos padres asumiendo una paternidad responsable y afectiva con hijos e hijas, hombres cuidadores de enfermos, o desempeñando tareas hogareñas.
Los malestares de género
Ser mujer y ser hombre tiene sus costos. La asignación de patrones tradicionales de género es limitante y produce espacios y actividades exclusivas y excluyentes por sexo. Así, a la mujer se le ha perpetuado el rol de madre y los cuidados, aun cuando forme parte de la producción social. Al hombre, por el contrario, asignado el espacio público como su ámbito de poder, se le ha educado distante y ajeno del cuidado y el compromiso familiar, más allá de la variable económica.
Expropiaciones femeninas
A la mujer se le ha privado durante siglos del desarrollo o la concepción de proyectos de vida asociados al espacio público. En las sociedades patriarcales el modelo de femineidad a través del cual se construye el “ser mujer” guarda relación con el ejercicio de la maternidad y por tanto la educación, cuidado y atención de los hijos, ancianos, familiares y enfermos. El cuidado se configura como parte indisoluble del “rol de mujer”.
El hogar para la mujer es su máxima responsabilidad, espacio que no debe desplazar ni abandonar. El reconocimiento y prestigio social de las mujeres continúa centrado (aún con su inserción cada vez más creciente en la vida social) en el buen desempeño de los roles de madre, esposa e hija.
La capacidad intelectual es otra expropiación femenina. “El poder de la mujer es el de los afectos, la sensibilidad, mientras que el poder del hombre es la razón”. Se considera que los análisis, reflexiones y valoraciones de las mujeres están mediados en demasía por el factor afectivo, lo que las limita a pensar racionalmente y entorpece su capacidad para tomar decisiones de manera objetiva, acertada y justa.
Ello conlleva a que se les haya expropiado, además, la capacidad para experimentar respeto por lo propio. El bienestar femenino depende del bienestar de los otros, fundamentalmente de hijos y familiares. La realización personal femenina está situada fuera de ella, no reconoce generalmente qué ha ganado, qué ha perdido y sus posibilidades desde “el ser mujer”.
La independencia-autonomía constituye otra expropiación. La mujer es reconocida a través de los otros. Se les educa en la necesidad de encontrar y conservar su media naranja que puede completarla, representarla y cuidarla. Ello legitima en las mujeres la necesidad del sacrificio, muchas veces en detrimento de su propia felicidad y salud, para cumplir con las exigencias de ser madre, esposa, cuidadora del hogar y los hijos. Las mujeres generalmente asumen su tiempo de descanso para dedicarse al otro y esto es percibido como una representación positiva de los requerimientos propios, relacionados con su doble presencia.
Expropiaciones masculinas
La historia de subordinación, explotación y dolor no ha sido privativa del género femenino, los hombres han sufrido las inequidades de la distribución desigual de poder, han sido educados para actuar siempre racionalmente. Esta situación implica para el varón un conjunto de expropiaciones, de necesidades insatisfechas y de limitantes para su desarrollo humano, que traen como consecuencias afectaciones para su salud. Se manifiestan en la resistencia al dolor, la ausencia de quejas y hasta una habitual reticencia para solicitar ayuda y reconocer sus malestares.
Al hombre por su parte, se le ha expropiado el ejercicio de una paternidad cercana, donde prime la comunicación afectiva con los hijos. Se considera que la función del padre y su labor educativa radican precisamente en la capacidad que tenga de ser prohibitivo, rudo, capaz de imponer respeto. Las cargas culturales promueven para el hombre una paternidad representativa (autoridad, sostenedor del hogar) y periférica (a distancia). La responsabilidad con los hijos(as) en asuntos de la crianza (cuidar, enseñar a valerse por sí mismos y la afectividad) queda en manos de la madre.
Por lo que también se les priva el poder de los afectos, espacio de “poder” exclusivamente femenino. Como consecuencia su ámbito de realización personal es el público, expropiándoseles del desarrollo de proyectos de vida asociados al espacio privado y su participación en las tareas hogareñas. En este sentido se les niega la posibilidad de concebir proyectos vinculados al espacio privado, a la pareja, al hogar o la educación y cuidado de familiares, ancianos o enfermos. Al género masculino se le asigna el rol de abastecedor, por lo que debe trabajar y velar porque estén satisfechas las necesidades “económicas” de su familia.
¿Por qué hablar de género? ¿Qué nos ofrece?
– Muestra que no hay un mundo aparte para las mujeres y los hombres, que la información sobre las mujeres es necesariamente información sobre los hombres.
– Pone en tela de juicio la naturalización de los roles de hombres y mujeres.
– Ofrece explicaciones de los procesos de aprendizaje que nos hacen diferentes a hombres y mujeres y sobre todo desiguales.
– Nos permite entender que las determinaciones de género nos hablan de los mecanismos que subyacen la violencia de género.
Un mal entre nosotros(as): la violencia de género
La violencia por inequidad de género es vista como una forma o uno de los mecanismos desarrollados por la cultura patriarcal para perpetuar el poder hegemónico masculino.
Cuando hablamos de esta particular forma de violencia, nos estamos refiriendo a una violencia estructural que se dirige hacia la mujer, con el objetivo de mantener o incrementar su subordinación al género masculino (Jorge Corsi, “Maltratos y abusos en el ámbito doméstico”, 2003). De este modo la violencia es uso excesivo de la fuerza y la acompañan la dominación, el uso de cualquier medio para lograr los fines propios y la deshumanización.
La violencia de género adopta variadas formas en dependencia del contexto en que se desarrolle:
– Puede producirse en el ámbito público como en el privado.
– Incluye la violencia doméstica, en su vertiente basada en el género (es decir en las relaciones mujer-hombre o mujer-mujer, u hombre-hombre).
– Incluye formas estructurales como la feminización de la pobreza, la discriminación salarial, la segregación sexual del mercado de trabajo, el tráfico de mujeres, la esclavitud y la violación, el acoso sexual y todas las formas de maltrato existentes.
El problema de la violencia tiene su repercusión a escala mundial, es un fenómeno social reconocido y tratado en distintos espacios (congresos, Cumbres de las Naciones Unidas), siendo identificado como un problema de Derechos Humanos. Constituye una generalidad que no distingue esferas sociales, razas, sexos ni zonas geográficas y sus efectos se reflejan en el seno familiar y extrapolan sus consecuencias al macro medio, repercutiendo en toda la sociedad.
Manifestaciones generales de la violencia de género en las sociedades modernas
– Mayor presencia de mujeres maltratadas y hombres maltratadores en todas las sociedades, independientemente de la cultura, tradiciones, sistema socioeconómico imperante.
– En la mayoría de las sociedades se expresa la violencia de género contra la mujer, independientemente de la raza, edad, nivel educacional, posición social.
– Las mujeres y las niñas tienen mayor probabilidad de sufrir la violencia en manos de familiares, conocidos, pareja anterior o actual.
– A pesar de la existencia de un sentimiento generalizado de reproche y censura contra la violencia de género, existe un desconocimiento de sus reales causas y el alcance de sus efectos.
– Una sutil desestimación del tema de la violencia contra la mujer en diferentes espacios sociales, cuya posible causa va, desde el desconocimiento real del fenómeno, hasta la conveniente resistencia del sistema patriarcal para proteger el histórico poder masculino.
Por tanto, la violencia en sentido general se opone a la libertad, al ejercicio de la virtud, al respeto por lo individual, a la racionalidad, la responsabilidad y a la voluntad de cada individuo en la búsqueda de la felicidad.
Existen en la sociedad muchos mitos y creencias falsas que contribuyen a reproducir y mantener la violencia contra la mujer. Lo difícil para corregir el fenómeno está en las representaciones que tienen hombres y mujeres del fenómeno, donde abundan las creencias que culpabilizan a las víctimas, naturalizan la violencia e impiden a las víctimas salir del ciclo de la violencia. Estas afirmaciones esconden las verdaderas causas de la violencia por inequidad de género.
Factores causales que determinan la violencia contra la mujer
– Pautas culturales que mantienen la desigualdad entre los géneros.
– Socialización de género según estereotipos.
– Organizaciones familiares verticales y autocráticas.
– Aprendizaje femenino de la sumisión/indefensión.
– Aprendizaje masculino del uso de la fuerza para la resolución de conflictos.
– Exposición a la violencia doméstica entre los padres durante el período de crecimiento.
– Naturalización de la violencia por parte de la sociedad.
La violencia de género no es un fenómeno individual, es relacional. Por eso las implicaciones tienen que ver, en diferentes grados, con las víctimas y los victimarios.
¿Cómo se expresa la violencia contra la mujer a nivel individual?
– Privación de la autonomía.
– Abuso emocional.
– Destrozo de propiedades.
– Coerción sexual y violación marital.
– Intentos de aislar a la mujer de sus familiares y amigos.
– Degradación (insultos, humillaciones).
– Dependencia económica y emocional.
– Burlas o chistes discriminatorios por su estado físico, mental o situacional.
Recuerda
– Ningún ser humano merece ser golpeado.
– Nadie debe vivir con miedo, lastimado, insultado o amenazado dentro de su comunidad.
– La violencia generalmente conlleva a un delito.
– El que golpea es responsable de su comportamiento.
– Ningún argumento o razonamiento justifica el uso de la violencia.
– La conducta violenta puede controlarse y dominarse.
– El hombre y la mujer tienen derecho a enojarse, pero no a recurrir a la violencia.
– Una mujer golpeada no está justificada si golpea a sus hijos.
– La violencia no se detiene espontáneamente y aumenta con el paso del tiempo.
– Las intervenciones de profesionales no pueden darse desde una actitud de neutralidad hacia las conductas violentas.
– La seguridad de las víctimas debe anteponerse a todo otro concepto.
– Las mujeres golpeadas no son masoquistas, ni obtienen placer en ser amenazadas y dañadas.
– Los hombres violentos no son individuos con alguna patología especial.
– Las mujeres golpeadas deben ser tratadas como un individuo, no como madres y esposas.
– Toda persona debe tener conocimientos sobre la violencia contra la mujer para detectarla.
A modo de conclusión
Las relaciones de género entre hombres y mujeres, puesto que son vínculos creados a través de la historia, son susceptibles de ser modificadas. La mirada de género conlleva a la reinterpretación de la realidad y a sacar verdades ocultas tras la naturalización de lo cotidiano. Para ello se impone un análisis de todos aquellos agentes socializadores que contribuyen a la perpetuación y reproducción del sistema patriarcal, dígase familia, escuela, centro laboral, comunidad, medios de comunicación masiva y otros.
La necesidad de una mirada desde la teoría del género abre una puerta al mejoramiento humano, a la libertad, a una cultura de paz. Es una teoría que no pone la mira hacia las relaciones exclusivas entre hombres y mujeres y su construcción, sino que instaura un análisis desde la estructura social y sus complejas dimensiones en la formación del ser humano.
Para enfrentar una problemática se vuelve prioridad tener conciencia de que esta existe, lo cual no siempre ocurre en materia de sexismo, por la acriticidad con que se asume lo referido al género, es por esto que lograr un cuestionamiento de la realidad con los lentes del género constituye un primer paso importante para lograr la trasformación de la misma.